Escrito por: Esteban Barroso*
Un diario personal que sobrevive al paso del tiempo, a la destrucción. Un diario que se conserva, de manera afortunada, y cuyo autor desconocemos. Solo podemos saber que se trata de un integrante anónimo del Regimiento de Patricios. Alguien que decidió comenzar esta bitácora el día que se empezaron a entrever en el horizonte aquellas naves que formaron parte de la primera invasión inglesa. Y escribió sobre lo que iba viendo, escuchando, sintiendo, sobre mucho de lo que iba pasando en aquellos años por demás significativos. Las últimas entradas son de mayo de 1810. Allí decidió interrumpir su registro minucioso. Pero antes de frenar escribió: dicen que la España se ha perdido. Dicen que se han recibido noticias funestas. Dicen que el virrey va a publicar una proclama. Desde este día, en adelante, revolución.
Y así fue, efectivamente. Lo que sucedió en los días siguientes resulta conocido: la convocatoria a un Cabildo Abierto, los intentos, vanos, del virrey para sostenerse en el poder, la formación de la Primera Junta. Aquel 25 de mayo supondrá los inicios de un camino imprevisible, complejo, plagado de tensiones pero también de potencialidades: el camino de la revolución. Ahora bien, podemos preguntarnos de qué revolución se trataba, cuáles eran los sueños que la conformaban, cuáles fueron los anhelos que quedaron truncos, que fracasaron. O cuáles fueron los sueños de aquella década que aún resuenan en nuestro presente, como deseos, como interrogantes, o como deudas aún pendientes.


Cuando aún no había pasado siquiera un mes de la formación de la Primera Junta, Manuel Belgrano publicó en el “Correo de Comercio” una nota en la que reflexionaba sobre la “miseria e infelicidad” que asediaba a los pequeños labradores. En su visión, aquel estado tenía una causa: el que los campesinos no eran propietarios de la tierra que trabajaban. Para remediar dicha situación, propuso una serie de soluciones, que en el caso más extremo implicaba el obligar a quienes no cultivaban la totalidad o incluso la mitad de sus terrenos, a venderlos. El sueño propuesto por Belgrano en aquellas páginas, al menos una parte del sueño de revolución que propuso en los albores de este proceso, fue el de una repartición más igualitaria de la tierra, de las oportunidades y de las riquezas de esa patria que recién empezaba a conformarse.
Pocos meses después Mariano Moreno publicó su traducción de “El Contrato Social”, de Jean-Jacques Rousseau. En el prólogo, sostuvo -entre otras cosas- que en la lucha en curso resultaba tan importante el accionar del soldado como el del “sabio”, pero no de cualquier tipo de sabio: solo de aquel que salía de su retiro, de la tranquilidad de sus estudios, para atacar “la ambición, la ignorancia, el egoísmo”. Ahora bien, ¿por qué los sabios debían tener aquel rol, según Moreno? Porque, en su visión, la lucha contra el despotismo y la injusticia imperante terminaría entrando en una vía muerta, si no se lograba que el conocimiento y la educación dejaran de ser patrimonio de unos pocos. En sus palabras, en vano serían todos los esfuerzos realizados “si los pueblos no se ilustran, si no se vulgarizan sus derechos, si cada hombre no conoce lo que vale, lo que puede y lo que se le debe”. Tierras propias, afirmaba Belgrano. Conocimientos y educación, agregaba Moreno.
Pero los sueños de revolución, los deseos de un futuro más digno no solo fueron postulados e imaginados por aquellas figuras prominentes cuyos nombres nos suelen resultar por demás familiares. Podemos pensar, por ejemplo, en Francisco Encarnación Benitez, pardo y analfabeto, que llegó a ocupar el cargo de comandante dentro de las filas del ejército de José Artigas. Benitez era temido y odiado por la elite de la Banda Oriental. En 1815, ante la posibilidad de que una estancia fuera devuelta a su antiguo propietario, le comunicó a Artigas el descontento de la tropa, conformada prácticamente en su totalidad por integrantes de los sectores populares. La tropa -según lo dicho por Benitez- se encontraba molesta porque consideraba que había arriesgado la vida en defensa de la patria y de la libertad, para que después fueran los “enemigos declarados del sistema” los que terminaran ganando. Los que se quedaran, en definitiva, con las estancias. La tropa, por lo tanto, presionaba para que el cambio por el que habían y seguían luchando no fuera solo de forma, sino también de contenido. Y nuevamente aparecía entonces aquí, pero viniendo desde abajo, el anhelo de la tierra propia.
Mientras en la Banda Oriental sucedía esto, cruzando el río Uruguay el cacique Domingo Manduré atacó y logró remover de su cargo al alcalde de Mandisoví (ubicada en la actual provincia de Entre Ríos). Desde Yapeyú, lanzó una proclama en la que convocaba al resto de los pueblos a que “nos saquemos a los mandones” de encima, afirmando que “Dios nos dotó al criarnos con la libertad, y sabemos que ante él somos iguales”.
Un año antes, en Mendoza, un grupo de treinta esclavos organizó un levantamiento, con la intención de exigir que el gobierno decretara la libertad de todos los esclavos. El líder de este movimiento era un esclavo analfabeto del que solo sabemos su nombre: Bernardo. El levantamiento terminó siendo abortado incluso antes de que pudiera comenzar, y Bernardo fue apresado. En el juicio que tuvo que afrontar posteriormente fue acusado de haber dicho, en aquel contexto, que “era necesario hacer en esta Ciudad lo que los negros de las Islas de Santo Domingo, matando a los blancos para hacerse libres”. Haití aparecía, entonces, y para temor de las elites, en el horizonte de estos esclavos.
Domingo y Bernardo abrigaban, entonces, sueños de una libertad que no dejaba de tener sus contornos sociales, y que ponían de manifiesto los límites y las tensiones que atravesaban a la revolución en curso. Límites que también fueron dejados en evidencia por un grupo de mujeres que, todos los lunes, se juntaban a leer cada nuevo número publicado por el periódico “El Observador Americano”. Pero no solo lo leían: la lectura motivó posteriormente la escritura y la intervención pública. Como grupo enviaron un artículo publicado el 30 de septiembre de 1816, donde cuestionaron directamente los argumentos que venía desplegando “El Observador” sobre la necesidad de que las mujeres se educasen, aunque con moderación y sin descuidar sus tareas “naturales”. Una de ellas, sin embargo, fue más allá en sus críticas. Emilia P. -tal como decidió firmar- envió una carta que fue publicada el 7 de octubre. En ella volvió a aparecer la cuestión de la educación, pero su objetivo principal era otro: señalar cómo las transformaciones en curso parecían excluir a las mujeres, sin que se hubiese producido una mejora significativa de sus vidas y de sus posibilidades. Su texto termina con un evidente tono de desánimo, de desazón. Afirma, de manera contundente, que “todos los estados, todas las naciones, el universo todo podrá revolucionarse y mejorar; pero no habrá revolución que mejore nuestra condición civil”.
Incluso en la desesperanza que alberga aquella frase final se vislumbran los ecos de un deseo: el deseo de que la revolución -aquella, otra, alguna- sí mejorase finalmente la condición de las mujeres. Emilia deseaba esto, Benitez deseaba la tierra propia, Domingo imaginaba la libertad de todos, y Bernardo tenía a Haití como un horizonte posible. Cada una de estas voces -las más conocidas, las apenas rescatadas del anonimato- permiten acercarnos a los sueños de revolución que recorrieron aquella década de 1810. El 25 de mayo de aquel año abrió un horizonte de expectativas, de luchas, de deseos ardientes. Algunos de ellos -quizás la mayoría, quizás los más disruptivos- quedaron sepultados por la historia. Algunos de ellos -quizás la mayoría, quizás los más disruptivos- posiblemente sigan resonando en nuestra actualidad. En las injusticias y pesares que atraviesan a nuestro país más de doscientos años después.
Para seguir leyendo
- Las historias de Francisco Encarnación Benitez, Domingo Manduré y Bernardo fueron analizadas por Gabriel Di Meglio en su libro “Historia de las clases populares en la Argentina: Desde 1516 hasta 1880”.
- Graciela Batticuore reconstruyó los posicionamientos desplegados por Emilia P. y el grupo de lectoras de la que formaba parte, en un artículo titulado “La lectora de periódicos”. Link: https://ri.conicet.gov.ar/handle/11336/58174
- El artículo de Manuel Belgrano al que hacemos alusión forma parte del número 17 del periódico “Correo de Comercio”, publicado el 23 de junio de 1810. Se encuentra disponible en la hemeroteca digital de la Biblioteca Nacional. Link: https://hemerotecadigital.bn.gob.ar/collection/001181512/correo-de-comercio
- El prólogo escrito por Mariano Moreno a su traducción de “El Contrato Social”, de Jean-Jacques Rousseau, aparece recopilado en el libro “Mariano Moreno, textos seleccionados”, publicado por la Universidad Nacional de Moreno. Link: https://www.unmeditora.unm.edu.ar/index.php/colecciones/institucional/281-mariano-moreno-textos-seleccionados-edicion-conmemorativa-en-el-ano-de-la-iii-asamblea-universitaria-de-la-universidad-nacional-de-moreno
Esteban Barroso es Dr. en Historia. Se desempeña como docente de la materia Introducción a la Historia en la Facultad de Humanidades y Ciencias de la Educación UNLP.
