En la Facultad de Humanidades y Ciencias de la Educación de la Universidad Nacional de La Plata, un equipo de geógrafas y geógrafos estudia cómo se forman, cambian y se degradan los suelos. Sus investigaciones ayudan a comprender los procesos que transforman el territorio y aportan herramientas para su conservación.
En el marco de la celebración del Día Nacional de la Conservación del Suelo, la Dra. Gabriela D’Amico; el Dr. Santiago Baez; la Lic. Diana Gordillo Honores y el Est. Iván Monjes, reflexionan sobre la importancia de cuidar de este recurso.
Hay algo fascinante si pensamos en el origen del suelo. El famoso astrónomo y divulgador Carl Sagan dijo alguna vez que estamos hechos de polvo de estrellas, en alusión a que muchos átomos de nuestro cuerpo se formaron en estrellas supernovas al explotar. Los mismos elementos cósmicos que flotaron por el universo se agruparon para formar la Tierra, nuestros suelos, los alimentos que consumimos -que se nutren de él- y en última instancia, las células de nuestros cuerpos. Estamos hechos, entonces, de suelo. Y en esa trama, se unen las escalas del universo y de nuestros cuerpos.
El suelo es uno de los sistemas más complejos del mundo que habitamos. Es resultado de la interacción entre la corteza terrestre, el clima, la biota -incluido los humanos- y la atmósfera. Es un sistema dinámico, está en constante proceso de formación y, a su vez, de degradación. Su formación es un proceso lento: un centímetro de suelo puede tardar cientos de años en constituirse. Ese sólo centímetro esconde a su vez impresionantes historias ambientales, ya que incluye entre otras cuestiones información sobre las rocas y minerales que estuvieron en su origen y formación, los organismos que lo han habitado y sus huellas, los organismos actuales y la acción del agua.
Y aquí viene la alarma: tanto los humanos como algunos fenómenos naturales pueden destruir en segundos lo que llevó mucho tiempo en formarse.
El Día Nacional de la Conservación del Suelo, celebrado en nuestro país cada 7 de julio desde el año 1963, nos llama a la reflexión sobre la importancia de este recurso vital y su fragilidad. Se recuerda al científico estadounidense Hugh Hammond Bennett, quien trabajó en la búsqueda de la preservación de la integridad del suelo como recurso para la producción agropecuaria.
Los procesos de degradación del suelo tienen consecuencias más allá del ámbito agrícola. La pérdida de fertilidad reduce la capacidad productiva de los ecosistemas mientras que la erosión hídrica y eólica eliminan las capas más fértiles del suelo. A ello se le suman procesos como la salinización (acumulación excesiva de sales), la acidificación (disminución del pH -alcalinidad- del suelo debido a la acumulación de iones de hidrógeno, aluminio, etc) y la pérdida de materia orgánica (reducción de nutrientes y de la actividad biológica).
En suma, todo ello disminuye la capacidad del suelo para retener agua y nutrientes, afectando tanto la producción de alimentos como la regulación del ciclo hidrogeológico y el almacenamiento de carbono. Además, la degradación del suelo implica una disminución de su biodiversidad -microorganismos, hongos, insectos y otros organismos- que resulta esencial para mantener los procesos ecológicos que sostienen la vida.
Suelos argentinos
En Argentina, la degradación de los suelos responde a las particularidades ambientales de cada región y, especialmente, a las formas en las que el territorio es ocupado y utilizado. La expansión de la frontera agropecuaria, la deforestación, el sobrepastoreo y el uso intensivo del suelo sin prácticas de conservación modifican sus propiedades físicas, químicas, y biológicas. Desde una perspectiva geográfica, estos procesos evidencian que el suelo no solo es un recurso productivo, sino un componente fundamental del territorio cuya conservación resulta indispensable para garantizar la seguridad alimentaria, la regulación ambiental y el bienestar de las comunidades.
De acuerdo con el Instituto Nacional de Tecnología Agropecuaria (INTA) y el Centro para la Promoción de la Conservación del Suelo y del Agua (PROSA), aproximadamente el 36% del territorio nacional sufre procesos de erosión del suelo. Este fenómeno es impulsado principalmente por el avance del monocultivo y la intensificación ganadera en zonas frágiles sin un manejo adecuado del recurso hídrico y vegetal.
Una de las dinámicas de degradación del suelo fértil más presentes en nuestro país es la erosión hídrica, provocada por el desprendimiento y acarreo de partículas de suelo por acción del agua.
Investigaciones especializadas estiman que el 26% del territorio continental argentino está afectado por este tipo de erosión. A nivel nacional, la tasa media de pérdida de suelo se calcula en 6 toneladas por hectárea al año.
Por otra parte, la degradación en las regiones semiáridas y áridas, que representan las dos terceras partes del país, se manifiesta de forma muy preocupante a través de la desertificación. Según el Reporte Nacional de la Convención de las Naciones Unidas para la Lucha contra la Desertificación (UNCCD, 2023), más del 80% de las zonas secas de Argentina padece algún grado de desertificación o degradación de tierras. Los principales detonantes son el sobrepastoreo, el desmonte no planificado y las variaciones climáticas extremas.
Frente a este escenario, la Organización de Naciones Unidas para la Alimentación y la Agricultura (FAO) sostiene que la conservación del suelo requiere la adopción de prácticas de manejo sostenible que permitan preservar su fertilidad y sus funciones ecológicas.
Entre las principales estrategias se destaca la diversificación y rotación de cultivos – incluyendo especies fijadoras de nitrógeno – el uso equilibrado de fertilizantes y enmiendas según las características de cada suelo, la reducción de la labranza para evitar su alteración física y el mantenimiento de una cobertura vegetal permanente mediantes cultivos de cobertura o residuos de cosecha.
Estas prácticas no solo contribuyen a disminuir la erosión, la compactación y la pérdida de materia orgánica, sino que también favorecen la conservación de la biodiversidad del suelo, mejoran la capacidad de retener agua y carbono, y fortalecen los servicios ecosistémicos que este brinda.
En consecuencia, gestionar los suelos de manera sostenible no solo implica proteger un recurso natural, sino también garantizar la producción de alimentos, la regulación del clima, y el bienestar de las generaciones presentes y futuras. En definitiva, cuidar del suelo es cuidarnos a nosotros mismos.
