Las huellas, la prueba y la imaginación: Carlo Ginzburg y el encanto de la historia

    Por el Lic. Pablo Collado*

    Pocos historiadores han logrado conmover con tanta fuerza la imagen que muchas personas se hacen del oficio histórico como Carlo Ginzburg. Quienes enseñamos Introducción a la Historia solemos comprobarlo año tras año al presentar fragmentos de El queso y los gusanos, publicado en 1976 y convertido en su trabajo más conocido. La noticia de su muerte me llevó a preguntar a alumnos, exalumnos y colegas qué les había quedado de aquella lectura1. Las respuestas apuntaban a una experiencia parecida, aunque cada uno la formulara a su manera. Uma, ingresante este año, admitió que “mientras lo leía fascinada, creía que había una trampa” y destacaba el “nivel de imaginación y perspicacia” del autor para “encontrar huequitos” desde donde buscar la cultura popular. Tadeo, diez años después de haber cursado y tras abandonar la carrera para seguir otra profesión, manifestaba su intención de volver a leerlo recordando que con Ginzburg había entendido que en cualquier investigación podía haber “una inversión de roles desde lo pequeño hacia lo grande” y que “en todo y en todos hay un pedacito de historia”. Más allá de los detalles y palabras de cada argumento, quedaba en esas respuestas la sensación de que la historia podía investigarse y transmitirse de una manera que hasta entonces no habían imaginado. De esa coincidencia nace la pregunta que guía estas líneas. ¿Qué había en la manera de trabajar de Ginzburg para producir un efecto tan persistente?

    Una parte de la respuesta parece estar en una sensibilidad bastante extendida entre quienes se acercan a la historia. Podríamos llamarla benjaminiana, aunque no haga falta haber leído a Walter Benjamin para reconocerla. Se trata, en términos generales, de una desconfianza hacia las narraciones lineales del progreso, una incomodidad frente a la historia contada desde la continuidad de los vencedores, una atracción por los restos mínimos y por los documentos producidos por el poder cuando permiten sustraer del olvido, aunque sea de manera fragmentaria, a quienes fueron derrotados, perseguidos o condenados al silencio. En nuestro país, esa sensibilidad circula seguramente por caminos menos librescos, a través de una memoria cultural donde frases como “la historia la escriben los que ganan”, popularizada por la canción de Litto Nebbia y Eduardo Mignogna, logra condensar de manera simple una sospecha semejante2. La obra de Ginzburg parecía demostrar que esa aspiración podía traducirse en una investigación concreta, sometida a las reglas del oficio histórico y apoyada en una mezcla difícil de imaginación interpretativa, trabajo de archivo e indicios sometidos a prueba.

    El impacto académico y editorial de El queso y los gusanos remite al clima intelectual de los años sesenta y setenta, cuando la historia y las ciencias sociales renovaron su interés por las culturas populares, las experiencias subalternas y los sujetos desplazados de los grandes relatos. Ese clima ayuda a entender la recepción del libro, pero, como el propio Ginzburg aclaró reiteradamente, no representa por sí solo la genealogía de su obra3. Su biografía y sus referencias principales lo vinculaban con un horizonte generacional anterior, atravesado por la renovación de Annales, el marxismo, una historia social atenta a las relaciones entre cultura, conflicto y poder, y el humanismo antifascista de entreguerras y posguerra4. En autores como Marc Bloch, Delio Cantimori y Antonio Gramsci encontró problemas, modos de preguntar y una idea de investigación en la que la erudición rigurosa convivía con las tensiones del presente. Tal vez una parte importante de la persistencia de ese efecto se explique por esa articulación, a través de la cual Ginzburg logró actualizar preocupaciones ya clásicas del oficio en un momento en que nuevas ansiedades sociales volvían a preguntar qué historias merecían ser contadas, qué sujetos podían ingresar al discurso histórico y desde qué documentos era posible reconstruirlos.

    Para estudiantes ingresantes y lectores ajenos al oficio, la curiosidad suele brotar directamente del modo en que Ginzburg trabaja con fuentes producidas por la Inquisición. En Los benandanti, su primer libro, publicado en 1966, leyó procesos friulanos en los que algunos campesinos afirmaban salir en espíritu durante ciertas noches para combatir a las brujas y proteger la fertilidad de las cosechas. De ese mismo universo documental surgiría después Menocchio, el molinero de Montereale juzgado dos veces y condenado a morir en la hoguera a fines del siglo XVI, cuya historia dio origen a El queso y los gusanos. Ginzburg trató esos expedientes como escenas de conflicto en las que podía leerse el choque entre una cultura campesina casi desconocida y el lenguaje de quienes intentaban perseguirla, clasificarla y corregirla. Pero en el caso de Menocchio esa tensión no se agotaba en el diálogo desigual entre acusado e inquisidores, sino que también aparecía en la propia elaboración del molinero, donde se mezclaban elementos de una cultura letrada en expansión con restos de una cultura campesina muy antigua de transmisión oral. Esa combinación permitía advertir huellas de creatividad, apropiación y autonomía popular, filtradas por la lengua del poder en esos mismos “huequitos” que Uma reconocía como una de las zonas más inspiradoras de la lectura5.

    La microhistoria italiana, elaborada en diálogo con autores como Giovanni Levi y Edoardo Grendi a partir de experiencias previas que luego fueron reconociéndose en una misma sintonía, terminó de darle a esa forma de lectura una formulación metodológica. Reducir la escala de observación permitía desplazar la mirada hacia situaciones delimitadas, donde problemas muy amplios podían verse encarnados en vidas de carne y hueso. Un caso singular o en apariencia excepcional obligaba además a prestar atención a zonas que una visión panorámica dejaba fuera de foco. Esa inversión del recorrido, desde lo pequeño hacia lo grande, explica bien la impresión de Tadeo cuando recordaba que Ginzburg le había enseñado a ver que “en todo y en todos hay un pedacito de historia”. En ese tipo de historia a escala humana se advierte otra forma del encanto ginzburguiano, en la que las preguntas generales y de largo alcance pierden su apariencia abstracta al tomar cuerpo en una trayectoria, una voz o un caso particular.6

    Ginzburg expandió su formulación metodológica más allá de las fronteras de la historiografía en su conocido ensayo sobre el llamado paradigma indiciario, atento a detalles laterales, síntomas o marcas casi imperceptibles de problemas o enigmas generales. Giovanni Morelli, médico e historiador del arte que atribuía pinturas a partir de rasgos secundarios, Sigmund Freud, fundador del psicoanálisis atento a lapsus y huellas involuntarias, y Sherlock Holmes, héroe literario del razonamiento policial, le permitían reunir saberes distintos en una misma familia de procedimientos. Desde el cazador que interpreta rastros hasta ciertas formas modernas de diagnóstico, esas figuras daban forma a una inteligencia más cercana a la conjetura y la intuición que a la deducción lineal. Tal vez algo de esa experiencia explica la “trampa” que Uma creía percibir en la lectura, esa manera de enseñar a desconfiar de lo evidente y a seguir señales menores hasta volverlas significativas. Como esta capacidad resonaba, además, con saberes antiguos y prácticos, cercanos a los mundos de creencias y formas de orientación popular que Ginzburg venía estudiando, el método reforzaba el interés por temas hasta entonces descartados u olvidados y ayudaba a explicar que su propuesta circulara mucho más allá de los especialistas en historia moderna europea.7

    Aunque seguramente también se cuentan entre las razones que explican su atractivo, las reconocidas cualidades literarias y narrativas de Ginzburg aparecen mucho menos declaradas en los testimonios. Tal vez porque, de un modo más silencioso, operan como parte naturalizada de una escritura que reconstruye la investigación como una pesquisa. Las hipótesis, las dudas, las lagunas documentales y los desvíos del razonamiento van marcando el avance de un tipo de indagación que conserva algo de intriga, incluso cuando se mueve entre problemas y materiales que dan cuenta de una enorme erudición. Sin que haga falta explicarlo, lectores muy distintos pueden seguir ese modo de moverse entre indicios, obstáculos y decisiones de escritura que implica todo trabajo histórico. Esa forma de escritura, una de las marcas más reconocibles de su obra, despertó celebraciones por su potencia narrativa y reparos entre quienes vieron en ella el riesgo de volver demasiado persuasivas hipótesis difíciles de probar.8

    Ese rasgo lo acercaba a los debates sobre historia y narración que atravesaron las últimas décadas del siglo XX. Hayden White había obligado a tomar en serio que los hechos no llegan al texto del historiador ya ordenados, sino tramados, narrados y vueltos inteligibles mediante procedimientos que la disciplina comparte en parte con la literatura. 9Ginzburg no ignoraba esa cercanía, pero hizo explícito su desacuerdo con cualquier lectura que borrara la diferencia entre una investigación histórica y un relato de ficción. Para él, el conocimiento podía reconocer su dimensión narrativa sin volverse indiferente a la prueba ni a la noción de verdad. Esa preocupación encontró en El juez y el historiador una formulación especialmente concreta.10 Al revisar el proceso contra su amigo Adriano Sofri, antiguo dirigente de Lotta Continua, condenado como instigador del asesinato del comisario Luigi Calabresi a partir del testimonio de un arrepentido, Ginzburg volvió sobre los vínculos entre indicios, silencios y pruebas que atraviesan toda su obra. Allí reaparecía una concepción clásica del oficio, atenta a la capacidad de la imaginación para abrir caminos, pero también a la necesidad de una disciplina capaz de frenar los excesos interpretativos, incluso aquellos a los que su propia obra parecía invitar.

    Desde ese énfasis en las nociones de prueba y verdad puede leerse también un último testimonio, que desplaza el interés por Ginzburg más allá de las aulas de historia y de los problemas propiamente historiográficos. Florencia Tittarelli, abogada e investigadora en causas de lesa humanidad, cuenta que se topó con El hilo y las huellas en un seminario de posgrado sobre memoria, ciudadanía y sociedad civil. La lectura, dice, le sirvió para ordenar su propia investigación, al ofrecerle una herramienta para pensar archivos deliberadamente fragmentados y procesos judiciales atravesados por omisiones y estrategias de borramiento. En referencia a la búsqueda de las personas desaparecidas, lo formula con una frase precisa: “los cuerpos pueden no estar, pero las instituciones siempre dejan rastros por donde pasaron”.11 En ese terreno se advierte otra potencia de la estrategia ginzburguiana, porque expedientes sobre hallazgos de restos, habeas corpus sin investigación ni respuesta, documentos administrativos y movimientos institucionales mínimos pueden volverse piezas de una búsqueda orientada a reconstruir la verdad cuando el poder intentó borrar sus propios rastros, pero no pudo dejar de producirlos.

    Sin agotar otras zonas importantes de su obra, como sus diálogos con la morfología y la tradición de Aby Warburg, 12este recorrido permite entender por qué Ginzburg sigue produciendo un efecto tan difícil de agotar. Su obra abrió puertas que ya no pudieron cerrarse del todo y permitió buscar historia en experiencias en apariencia menores, voces deformadas por el poder, creencias extrañas, saberes prácticos y restos que una mirada más segura de sí misma hubiera dejado fuera del relato. Esa apertura produjo fascinación, pero también habilitó lecturas que a veces llevaron su método hacia zonas más libres de las que él mismo estaba dispuesto a aceptar. Buena parte de su fuerza reside en haber mostrado que el oficio histórico podía ser más audaz, más imaginativo y más atento a lo que parecía perdido, sin abandonar por eso el archivo, el contexto, la prueba y la exigencia de verdad. Quizá por eso sus libros siguen funcionando como una iniciación para tantos lectores. Invitan a mirar el pasado de otra manera y, sobre todo, recuerdan por qué todavía importa investigarlo.

    *Pablo Collado es Licenciado en Historia, Docente e Investigador de la Facultad de Humaidades y Ciencias de la Educaciòn y de la Facultad de Periodismo y Comunicación Social de la UNLP. Además es integrante del Departamento Historico Judicial de la Sumprema Corte de Justicia de la Provincia de Buenos Aires.

    1. Carlo Ginzburg falleció el 17 de junio de 2026. ↩︎
    2. La referencia a Benjamin remite, en sentido amplio, a “Sobre el concepto de historia” (1940). Para la circulación local de una sospecha semejante, véase Litto Nebbia y Eduardo Mignogna, “Quien quiera oír que oiga”, tema asociado a la película Evita, quien quiera oír que oiga (dir. Eduardo Mignogna, 1984). ↩︎
    3. Sobre la genealogía intelectual de su obra, véase la entrevista de Mariano Schuster a Carlo Ginzburg, “El queso, los gusanos y la revolución de la microhistoria”, Nueva Sociedad, marzo de 2024. La entrevista fue luego incluida en Mariano Schuster, El pasado no está muerto. Conversaciones con historiadores que cambiaron nuestra forma de ver el mundo, Buenos Aires, Siglo XXI Editores, 2025. Sobre el impacto de El queso y los gusanos y su recepción historiográfica, véase Julián Delgado y Rodrigo González Tizón, “La revolución de Menocchio. El impacto historiográfico de El queso y los gusanos de Carlo Ginzburg”, Rey Desnudo, año III, núm. 6, otoño de 2015, pp. 228-256; y José Emilio Burucúa, “Carlo Ginzburg: una ratio individualizante y universal”, Rey Desnudo, año III, núm. 6, otoño de 2015, pp. 265-273.
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    4. La dimensión biográfica remite en particular a Leone Ginzburg, profesor de literatura, militante antifascista y miembro de la Resistencia, muerto en 1944 en la cárcel romana de Regina Coeli bajo control alemán. Véase Schuster, Mariano, op. cit. y Delgado y González Tizón, op.cit., pp. 231-232.
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    5. Carlo Ginzburg, Los benandanti. Brujería y cultos agrarios entre los siglos XVI y XVII, Guadalajara, Universidad de Guadalajara, 2005; y El queso y los gusanos. El cosmos según un molinero del siglo XVI, Barcelona, Península, 2011. Sobre el uso de los procesos inquisitoriales y la cultura de Menocchio, véase Delgado y González Tizón, “La revolución de Menocchio”, pp. 238-244.
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    6. Sobre la microhistoria italiana, véase Giovanni Levi, “Sobre microhistoria”, en Peter Burke, ed., Formas de hacer historia, Madrid, Alianza Editorial, 2003, pp. 119-143; Edoardo Grendi, “¿Repensar la microhistoria?”, Entrepasados. Revista de Historia, 10, 1996, pp. 131-140; Carlo Ginzburg, “Microhistoria: dos o tres cosas que sé de ella”, Manuscrits. Revista d’història moderna, 12, 1994, pp. 13-42.
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    7. Carlo Ginzburg, “Indicios. Raíces de un paradigma de inferencias indiciales”, en Mitos, emblemas, indicios. Morfología e historia, Barcelona, Gedisa, 1999, pp. 138-175. ↩︎
    8. Sobre la dimensión narrativa de El queso y los gusanos y la integración de dudas, conjeturas, silencios y obstáculos documentales en el relato, véase Delgado y González Tizón, “La revolución de Menocchio”, pp. 230 y 248-249. ↩︎
    9. Hayden White formuló este problema en Metahistoria, donde propuso considerar la obra histórica “como lo que más visiblemente es: una estructura verbal en forma de discurso en prosa narrativa”. Véase Hayden White, Metahistoria. La imaginación histórica en la Europa del siglo XIX, trad. Stella Mastrangelo, México, Fondo de Cultura Económica, 1992. ↩︎
    10. Carlo Ginzburg, El juez y el historiador. Consideraciones al margen del proceso Sofri, Madrid, Anaya & Mario Muchnik, 1993. ↩︎
    11. Comunicación personal con Florencia Tittarelli, 24 de junio de 2026. La referencia a El hilo y las huellas corresponde a Carlo Ginzburg, El hilo y las huellas. Lo verdadero, lo falso, lo ficticio, Buenos Aires, Fondo de Cultura Económica, 2010. ↩︎
    12. Sobre el diálogo de Ginzburg con la tradición warburguiana, véase Carlo Ginzburg, “De A. Warburg a E. H. Gombrich. Notas sobre un problema de método”, en Mitos, emblemas, indicios. Morfología e historia, Barcelona, Gedisa, 1999, pp. 38-93. Para una aproximación a esas zonas de su obra tardía, vinculadas con la filología retrospectiva, la morfología, la serendipia y los cruces entre historia, ciencias naturales y tradición anticuaria, véase Carlo Ginzburg, Aún aprendo. Cuatro experimentos de filología retrospectiva, trad. Rafael Gaune Corradi, Buenos Aires, Fondo de Cultura Económica, 2021. ↩︎

    Fecha de publicación: 21 de julio de 2026